martes, 8 de septiembre de 2015

Despertar eternamente

La habitación fue usurpada... El espanto huyó despavorido, porque sin darse cuenta él se va y nos deja convertidos en entes... o cuerpos...
Cuerpos petrificados en semen seco, en ácaros. Y las cucarachas ya no asustan mientras no toquen...
Vaya a saber por cuanto tiempo. Porque el espanto huye de a capas. Bruscamente pero de a capas.
Solo vivirá siempre en la fibra más fuerte, sí, la que se activa al despertar.
Eternamente despertar es el infierno. El infierno de saber que no hay Mañana.
Es aquel dios al que adoramos sin apartarnos de nuestro credo. Corremos tras él como retardados.
Salmodia la gran mentira cada día o tarde o noche. Igual da cuando ya no se distingue.
Ahí llega el espanto, demonio ancestral para no dejarnos volver a cerrar los ojos por las próximas... ¿Cuántas horas? ¿Qué importa? ¿De qué sirve contarlas?
En vano cuando nunca terminan porque siempre empiezan con una gran mentira y se derriten para hacernos dar cuenta de que con ellas nos estamos volviendo inexistentes, vanos. Una hora más, alguien más que pasa por la ventana, alguien más que se desvanece en esta nada. Nada Tiempo para las horas, Nada espacio para las almas que mutan en cuerpos avejentándose.
Por eso que eternamente despertar es el infierno. Prender la luz y esa foto en sepia que se proyecta en la pared, mejor dicho... desde la pared.
Respirar sepia y decir "Una hora más. Alguien más. Nada Tiempo. Nada Espacio. Y así continuamente" Cada día buscando una forma a la diapositiva, hija de la lluvia, de los caños de ¿quién sabe? harán dos años.
¿Qué habré hecho para merecer esto? ¿Quién soy yo para saberlo?
Si no hay castigo más tortuoso que aquel sin juicio previo, sin razón aparente.
Ya no importa no hay misterio. Por eso despertar eternamente es el infierno.

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